Opinión

Una carta “amarilla” en un país “verde”…


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Por Claudio Díaz P. @claudio_diazp 
Periodista

Por su intensidad, por su energía y por lo que representa en uno u otro sentido, el amarillo ha sido muy utilizado en la historia en disciplinas y movimientos que, en lo más primigenio, como plantea la teoría del color, evoca al ser humano hacia la felicidad, a la alegría, al amanecer de algo o alguien. Pero no todo está escrito en su semántica y dependiendo del momento histórico ha transportado al público a otros escenarios tan superlativos como tronados.

El amarillo en la biblia es amor y sabiduría, mientras en el arte y en la música tiene significados tan disímiles, como ocurre en política, campo en el cual se encuentra ubicado en el espectro de liberales demócratas, renovados e incluso transversales, pero que ha oficiado también de calificativo despectivo en Chile para asociarlo a aquel falangismo tibio, voluble, taimado y que apunta más bien al resultado contrario a la nobleza.

Sin embargo, no podríamos concebir, por ejemplo, el postimpresionismo de los girasoles de Van Gogh o un cuadro Matisse sin los tonos solares, o la sicodelia del submarino de los Beatles o la melancolía de “Yellow” de Coldplay, donde la tonalidad áurea alude más bien a cobardía.

Lo mismo en el cine, soporte donde directores como Tarantino inmacularon el color en la protagonista de “Kill Bill”, Uma Thurman, icónico homenaje por cierto al gran Bruce Lee. O aquellos cuadros fílmicos de Wes Anderson (“The Royal Tenenbaums”, “Life Aquatic”, o “Fantastic Mr. Fox”) en los cuales el amarillo es supremo en varias de sus escenas. Allí, en la pantalla grande el significado tonal en cuestión atraviesa temas como enfermedad, locura, inseguridad, obsesión o ingenuidad, mientras en el periodismo nada bueno puede venir del “amarillismo”, que apela a esa prensa de orden sensacionalista que se aleja de la objetividad y del buen informar, recordando los viejos papeles periódicos de ese color en Norteamérica.

La moda del español Josep Font, el escultor Ellsworth Kelly y la artista nipona Yayoi Kusama, entre muchos otros, también han explorado la potencia comunicativa y vibración del color amarillo.

En Chile, esta semana emergió el referente “Amarillos por Chile”, que aunque debut político tuvo al menos un par de preludios a manos de Cristián Warken –uno de sus integrantes- con sus epístolas «Carta amarilla a mis hijos», de noviembre de 2021, y «Carta a todas las bases amarillas del país», ahora, a principios de febrero de este mismo año.

El colectivo de “warkiniano”, de 78 personajes del mundo académico y político, firmaron un manifiesto que expresa inquietudes frente al proceso constituyente en marcha, tiene como eje un importante número de ex democratacristianos, otros aún militantes en el borde más pálido de ese partido, así como nombres de centroizquierda que llegan hasta el PS y que ostentaron cargos en la Concertación de los 90’s y después, u otres que aspiraron a cargos de elección popular o retirados de las pistas de la “primera línea” asumiendo como cabezas “pensantes” del país. También los hay de esa derecha “amarilla” que hace poco estuvieron ligados en cuerpos programáticos del caído candidato independiente de Chile Vamos, Sebastián Sichel.

¿Cuál es tu color político?

Desde la Revolución Francesa sabemos se definió a cada grupo y su manifestación por la ubicación en la Asamblea de 1789, en la izquierda y derecha, identificando a quienes querían el cambio radical y abolir el absolutismo, versus quienes defendían el status quo y los privilegios nobiliarios; Pero también se fraguó una especie de pantone que estableció los colores mayormente utilizados en la política que vendría en los siguientes 2 siglos: el rojo y el azul. Básicamente, representaron desde ahí las diferencias sociales de la nobleza y su sangre azul, a oposición, de la sangre roja del estado llano y común de los mortales.

Entonces, ¿por qué movimientos e ideologías en las últimas centurias han portado la tonalidad del maíz, del oro y del sol? Fundamentalmente, porque el amarillo es un color llamativo, vibrante, atractivo a la audiencia y en no pocos casos incluso coincide con la gama de las banderas nacionales.

Recientemente, en argentina Mauricio Macri apostó al amarillo en su partido de centro derecha PRO, Propuesta Republicana, con el cual logró gobernar entre 2015 y2019. Pero en la izquierda se encuentran partidos como el colombiano Polo Democrático Alternativo; el Partido Revolución Democrática (PRD) de México; el Partido de Acción Ciudadana de Costa Rica al igual que el Frente Amplio de ese país, el peruano Partido Solidaridad Nacional (PSN) o el venezolano Unión Republicana Democrática (URD).

La cuestión, es que Chile -como acontece en variadas partes del mundo- está transformándose hacia una “conciencia verde”, plurinacional, regionalista, de género e inclusiva. Hoy ese lado verde, más que respeto por el medioambiente implica el máximo respeto al ser humano, con derechos que “permean” todos los ámbitos nacionales, en lo laboral, lo social, lo institucional, lo informal, y en las redes sociales, en el barrio. La máxima, dicen los futurólogos, es que el verdadero ejercicio de los derechos humanos ayuda a proteger el medio ambiente, lo cual a su vez permite el disfrute pleno de los derechos humanos.

Políticamente hablando, estamos en el umbral de un Chile cada vez más clorofílico. Ni rojo ni amarillo ni azul. Verde.

Así, una carta amarilla en un país verde, es un intento otoñal, caído en desuso, del pasado. Es una matiz (des)gastadao una decoloración política que intenta una vez más repintar el pasado, como queriendo restaurar ese arcoíris que se destiñó rápidamente hacia las alturas del poder. Hoy, la cromática tiene raíces en ese árbol de hojas verdes, nuevas, firmes y renovadas, en un nuevo ciclo donde lo amarillo cual “hojarasca” se resiste a ser –en el mejor de los casos- la materia orgánica, en descomposición, que dé paso a la nueva frondosidad.

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