Desafíos titánicos de la nueva democracia




Por Jorge Díaz Guzmán @JdiazguzmanCom


   Este 8 de marzo fui a cubrir noticiosamente el acto de las mujeres en la plaza pentagonal de Coyhaique, para difundir la manifestación en redes sociales y fotografías en el sitio de noticias digital El Patagón Domingo.

   Cuando intentaba hacerlo, y ya cayendo la tarde noche, recordé la canción de Juan Carlos Baglietto: “La censura no existe”, más bien me resonaron los últimos acordes de esa canción:

la censura no existe…

la censura no…

la censura…

la…

  Y este recuerdo fue, porque un grupo de jóvenes mujeres negaron el libre ejercicio del informar durante la manifestación que se realizaba en la vía pública. Estaba prohibido para un reportero de género masculino estar ahí, me decían. Eso se llama censura.

   Una de ellas se me acercó y me conminó más intensamente a retirarme del acto que estaban protagonizando, me dijo que no podía estar en ese lugar, le respondí que estaba trabajando… “¡¡No!!”, me dijo con vehemencia, “¡¡acá no!!”...Le insistí en que me estaba vulnerando un derecho, el de la libertad de informar y también mi propia libertad de expresión, que eso está incluso consagrado en la Declaración Internacional de los Derechos Humanos, y que además estábamos todes en un espacio público. Y así intenté argumentar lo que significa el trabajo esencial de la prensa. Y nada…

   Ante el “bloqueo” de género, no quise discutir y me retiré sin hacer mayores comentarios.

   Algunos pensarán que las mujeres históricamente han sufrido asedios, violencia y brutalidades peores, que este breve episodio personal, en una larga y profunda lista de injusticias e inequidades que como género del mundo han vivido, día a día, por causa de la llamada sociedad patriarcal. Y tienen razón, ha sido así y peor aún.

   Otros dirán, entonces, que los hombres nos merecemos de vuelta este trato, que no deberíamos ni siquiera quejarnos, que la marcha se autodefinió como “separatista” y que eso justifica no poder captar lo que acontece en el principal espacio público de la capital regional. En fin…

   Mientras caminaba, alejándome del mitin, me acordé de los días de dictadura. Fui detenido y encarcelado por el trabajo periodístico en más de una ocasión. Estuve en la cárcel aquí en Coyhaique, me acordé de esos días cuando fui perseguido y detenido varias veces en los años ‘80s, siendo director de Radio Ventisqueros, y claro, a diferencia de esos años, sabía ahora que la noche de este lunes 8 de marzo de 2021, 4 décadas después, no corría ningún riesgo. Igualmente, sentí cierta mezcla de alegría y congoja, por estas decenas de jóvenes mujeres que estaban en la misma plaza luchando vivamente por sus derechos -donde tantas veces fuimos perseguidos-, sin que ahora nadie las reprimiera, como seguramente le ocurrió a alguna de sus madres en décadas anteriores. Este 8M, protagonizaban un acto, el cual nadie les revisó el libreto, como solía ocurrir en los actos oficiales en plena dictadura. Ellas, simplemente se tomaron las calles. Me sentí satisfecho por eso. Lo que hicimos en los ‘80 valió la pena, y lo que hicimos en los ‘90, no fue tan malo. Claramente, la historia no comenzó ayer, y lo que ellas están haciendo en esta década, es la posta de muchos peldaños del pasado.

    Lo que inquieta, es la lección que falta aprender para construir sobre lo avanzado y no pisotear lo que nos permitió sobrevivir a la dictadura. Por ejemplo, en Europa hay plena conciencia que día a día se debe luchar para evitar el germen de un nuevo Holocausto, porque puede crecer en cualquier momento y lugar, si no se cautelan nuevas inequidades y radicalizaciones a partir de “lo avanzado”. Y es que es precisamente la polarización ideológica y los extremismos, los mayores sustratos que intentan anular las posiciones moderadas y la humillación pública del que piensa diferente, abono fértil para nuevos absolutismos dogmáticos.

   Ni siquiera hablamos de fusiles, tanquetas o bombardeos que horaden expresiones básicas de democracia en un palacio de gobierno o contra un partido político, se refiere simplemente a conductas y pensamientos desplegados en masa que, poco a poco, van desgastando en lo cotidiano y en la vida pública, cuando permiten ceder al relativismo en lo que valoramos y entendemos por libertad, respeto, dignidad.

   Más allá de las conmemoraciones, los discursos y los pañuelos, la sociedad debe garantizar espacios para promover la cordialidad, la aceptación y la tolerancia, donde nos relacionemos sin imposiciones, a debatir sin denigrar y a optar siempre por el acuerdo constructivo en la diferencia, en lugar de la confrontación. Pero como dicen por ahí, “educar para la paz y el respeto es una tarea titánica”.

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