La cicatriz se volverá a abrir…

 

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  Por Eva Bahamonde T. @EVAGABRIELABT 
Asistente Social de profesión y oficio


Ya vamos para el tercer mes en que la información, en torno al Coronavirus (COVI-19) y sus fatales efectos en la salud y en la dinámica de vida de las personas, ha marcado la pauta. Es así como los gobiernos de todo el mundo han reaccionado ante esta pandemia.

   Tenemos claro que es una crisis sanitaria, pero no podemos obviar que también es una crisis política y económica, en la que se coloca en cuestión el rol del Estado y cuáles son sus medidas para sobrellevar la complejidad sanitaria y social.

    Nuevamente, nos cuestionamos si el Estado como tal, debiese garantizar los derechos sociales. La crítica es radical al momento de consultar, en general, de cómo se ha abordado en los últimos meses la dirección de nuestro país desde el estallido social a estos días de confinamiento “preventivo” de algunos, en desmedro de otros que, finalmente, siempre terminan siendo la población vulnerable, de bajos recursos económicos, poca o nula escolaridad y sin acceso a un sistema de salud de calidad.

La globalización y el modelo capitalista nos encuentra cara a cara con la política y la medicina, observando entre ellas la diferencia violenta que existe entre sostener el modelo político versus la salud de las personas. Es doloroso desde la perspectiva del acceso igualitario a los derechos sociales cómo este sistema económico ha sostenido las lógicas del mercado del capitalismo financiero, afectando políticamente las dimensiones sociales.

    Se ha implementado de tal manera que la salud pública se ha visto dañada severamente y donde la salud mental de nuestra población ha sido alterada por significativos problemas de depresión, siendo las mujeres y los jóvenes los principales afectados.

   La transformación del modelo económico debe poner los principios de los derechos sociales como el criterio que regule el sistema y para aquello requeriremos una inversión de los valores relacionados entre lo estatal y lo privado, poniendo límites a este último.

    Las mujeres hemos hecho un proceso muy atrayente que ha venido a visibilizar el sistema patriarcal y el sistema capitalista neoliberal. Veníamos de un escenario de movilizaciones reclamando derechos, en el cual el feminismo se desarrolló significativamente, mostrando la violencia del sistema, las formas de acoso y abuso de los cuerpos de las mujeres, de la infancia y de las personas de la diversidad sexual, demostrando también lo perjudicial de la educación sexista, androcéntrica y heteronormada.

    Ya convencidas que como primera acción política el cambio a la Constitución como efecto nos hará romper los límites que antes pensábamos imposibles. Fueron 3 meses de revuelta social, de juntarnos y unirnos en pos de un cambio rotundo al modelo, luego se desata esta crisis sanitaria y nos obliga a distanciarnos físicamente, pero la efervescencia y anhelo de ir por ese cambio, solo nos tiene a la espera de ir a las urnas y democráticamente conseguir nuestra propia Carta Fundamental.

   Esta crisis ha demostrado un Estado debilitado y la inconsistencia del modelo capitalista, como de todos sus privilegios. Ha dejado al desnudo la desregularización del mercado, como sociedad no olvidamos las heridas sin cicatrizar de las injusticias referente a la violación de los derechos humanos durante el estallido social.

 A diario estamos expuestos a una sobreproducción de mensajes atemorizantes, una cuenta pública diaria de los contagiados, recuperados, vivos y muertos”. Una serie de contradicciones “que no es necesaria la mascarilla, luego que es obligatoria”, “que se haga cuarentena, después que no”, “que se abren los malls y que volvamos a ‘nueva normalidad’”. Todo esto ha llevado a perder la credibilidad y lo peor a tener el sistema de salud colapsado y a la población en inminente riesgo de contagio.

   El llamado colectivo es a cuidarnos, a ser estrictos en nuestros procedimientos higiénicos, preventivos en nuestro actuar, sobre todo a cuidar la salud mental que es un factor estresante y silencioso, hoy ésa es nuestra revolución; siendo solidarios, resilientes, empáticos, cultivando el amor propio y el amor al prójimo.

Cambiemos la competencia por la colaboración. Es cierta la aseveración que el cuidarnos mutuamente es la única fórmula para evitar el contagio, y eso incluye al Estado, porque de una u otra forma, siempre, la cicatriz del modelo se volverá a abrir.

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