[OPINIÓN] “Somos una familia”

Por Roberto León G.

“Somos una familia”… ¿quién no ha oído decir cierta frase tan característica en grupos entre amigos, o mejor dicho entre bandas juveniles a un recién integrado? Indudablemente al oírse por primera vez uno se siente que ya es uno más dentro de un grupo y que siempre estarán para el neófito cuando necesite ayuda. 

Está demostrado que como seres humanos tenemos esa necesidad de nuestros antepasados de pertenecer a algo, la necesidad de socializar o por qué no decirlo: Confraternizar con personas que tengan los mismos ideales que uno.

Pues para eso, encontramos distintas creencias, clubes tanto sociales (ejemplo Club de Leones) como deportivos (como el Club Baquedano de Coyhaique). Es más, el tema a tratar en este artículo es sobre una agrupación que se hizo presente a mediados de la década de los ‘80 en Chile: Las barras bravas. 

El génesis de estas “pandillas” comienza en Inglaterra con los hooligans, más tarde se sabe que en la República Argentina se incrementan hasta hacerse conocidas por sus actos de violencia en mitad de un partido de fútbol, que es un deporte que se vive con una devoción hasta el punto de ser religioso para los trasandinos… y luego llega a nuestro país, siguiendo los modelos de cánticos o de reacción al recibir a su equipo a la entrada a la cancha… 

Como se sabe, en Chile aquel fenómeno social se ha hecho conocido de manera desfavorable por los estragos que se viven en un partido de fútbol por las distintas barras, ya sea la “Garra Blanca” de Colo Colo (previamente conocida como “Barra Maratón”, luego “¿Quién es Chile?”) o “Los de Abajo” de la Universidad de Chile (previamente conocida como “Imperio Azul”).

Muchos jóvenes tienen tal anhelo de pertenecer a cualquier barra por tener el mismo deseo de todo hincha: Ver ganar a su club y sentirse identificado por sus colores e historia. Y como no, están las frases típicas que ya son un cliché: “Se alienta en las buenas y en las malas”, “con el equipo siempre, aunque nos cueste la vida”, “por mi equipo mato y muero”, “somos una familia”. Como se puede apreciar, es tanta la pasión y devoción a su club que son capaces de hacer hasta lo más extremo que ni uno se pueda imaginar: matar y morir por el equipo de sus amores.

Cualquier persona en su sano juicio ni se le pasaría por la cabeza decir “no se chiflen/ no se vayan al chancho”, por temor a que los demás integrantes lo cataloguen como un traidor y termine rechazado por sus pares o, en el peor de los casos, muerto tachado de apóstata. Problema número uno: Presión de pares.  

Personalmente, como cualquier persona en plena juventud, he tenido ganas de pertenecer a una barra por el ideal de compartir entre jóvenes, verlos como mis hermanos mayores que estarán siempre conmigo, pero la otra cara de la moneda me abrió los ojos ante los actos delictuales; robar lienzos del equipo rival o marcar territorio con los colores del club, incluso agredir a alguien ajeno que no sea de la banda con disparos a quemarropa. 

El título de esta columna es solo una provocación para que todos pensemos que es todo paz y armonía. Lamentablemente no es así. La familia es una sola, esa que te vio nacer y crecer a lo largo de tu vida. 

No se encontrará mejor significado que la propia familia, la cual hasta se tomó la molestia de apoyarte en tus buenos momentos como en los difíciles. Es que tu propia familia es a la vez tu empresa, religión y club. Pasamos más tiempo con ellos, cuenta tus penas y victorias, porque la familia es como mencioné antes: Una sola.

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