Columna EPD, por Carola Rojas Flores

La solución no está en el mérito

Por Carola Rojas Flores*
columnista@elpatagondomingo.cl

Hace unos días, en un seminario cuyo tema era la crisis de la educación chilena, escuché con muchas expectativas la presentación del Dr. Carlos Peña, abogado que ha dedicado parte de su investigación al tema de la educación.

El académico hizo una presentación que respondía a preguntas claves, basándose en una revisión histórica y teórica, como ¿cuál es el origen del sistema escolar masificado de la modernidad? Nos queda claro que el espíritu de esta masificación se sostiene desde la premisa de la desigualdad que las personas tenemos desde el origen, no solo la desigualdad económica, sino también las desigualdades de oportunidades, acceso y privilegios sociales.

La escuela debía subsanar esas diferencias de tal forma que el desempeño y los talentos personales sean las únicas variables de diferenciación social. Ante lo anterior surgen múltiples objeciones e interrogantes, pero antes de dialogar con este argumento, me permitiré terminar de exponer la propuesta del académico.

En términos resumidos, el sistema escolar que pretenda limar las asperezas de las desigualdades, debiera asegurar para todos el acceso, la misma calidad de enseñanza y las mismas oportunidades e impacto social para quienes egresan de él. Si bien nuestro sistema escolar de masas es reciente en nuestro país (en este punto sería interesante invitar a los lectores mayores de cincuenta años a recordar la época en la que fueron estudiantes y a revisar quiénes tenían acceso a la educación secundaria y quiénes a la universitaria) en pocos años se ha conseguido asegurar el acceso a la educación y hoy podemos ostentar de las cifras que señalan lo anterior. Nuestros problemas comienzan en los temas de calidad y oportunidades.

Nuestro Estado asegura a todos sus ciudadanos el derecho a la educación, así como también asegura el derecho a elegir dónde queremos aprender y, saltándome todo el detalle que justificado en lo anterior trae como resultado una clasificación de escuelas, en consecuencia, en nuestro país existen tres tipos: la de dependencia municipal; particular, pero subvencionada por el Estado y la particular pagada por los “usuarios”. En este escenario se mueve nuestro actual sistema, en el que la institución educativa se ha dejado llevar por las leyes del mercado deviniendo escuelas en empresas.

Volviendo a la presentación del Dr. Peña, en sus propuestas finales (mis disculpas al expositor por sintetizar groseramente su exposición) nos señalaba varios cambios que deben efectuarse para mejorar calidad y oportunidad. Uno de ellos dice relación con la desvinculación de la familia de la escuela, para que así no se traspasen a ella las desigualdades que vienen desde la “cuna”; otra de sus propuestas plantea la intervención de la educación pre escolar para asegurar desde ahí la igualdad de calidad de enseñanza, es decir, invertir a largo plazo; finalmente, nos propone enfrentar las demandas actuales de la educación superior con becas para los estudiantes de escasos recursos, de manera de asegurar que el Estado no financie la educación de quienes sí pueden pagarla.

Retomo el punto anterior a las propuestas. Habiendo un sistema educacional escolar dividido en  tres tipos, según su financiamiento y, rigiéndose estos por la misma Ley, ¿por qué existen tantas diferencias en la calidad de enseñanza que se entrega? Dar la respuesta a esta vital interrogante no es nuestro propósito en este artículo, no obstante, es imposible negar que hay un problema de desigualdad en la calidad y que ésta está determinada, en la mayoría de los casos, por el poder adquisitivo de la familia, es decir, la educación es hoy un “bien de consumo”.

En este plano de la discusión es importante señalar que no solo hay tres tipos de escuela, sino que cada una de ellas mantiene en sus aulas a quienes pertenecen a una clase social determinada, segregando a las personas por su condición económica y exponiéndolas a diferencias en la calidad de enseñanza recibida y, por consecuencia, a diferencias de oportunidades. Peor aún, nuestro sistema escolar es medido y valorado por pruebas estandarizadas, SIMCE y PSU. Estas pruebas no solo se usan para medir resultados, sino que también para posicionar socialmente al establecimiento, creando en las familias la falsa idea de que un buen colegio es aquel que obtiene altos puntajes.

Por esta razón es que la estandarización de resultados SIMCE y PSU no hacen más que develar las diferencias de clase de nuestros alumnos y, por lo tanto, promover y mantener la desigualdad que la escuela debiera combatir. Someter a las escuelas al macabro ranking, que además somete a las instituciones subvencionadas a competir por más recursos económicos, no es más que llevar a las mismas a destinar parte de sus objetivos a la preparación para buenos resultados, ¿nadie se ha preguntado si dichas estandarizaciones pueden medir calidad y conocimientos en un contexto tan desigual?, ¿es posible medir con la misma vara a estudiantes que aprenden en condiciones tan desiguales? Los semáforos que el Mineduc difundió, asignándole color a la institución educativa según sus resultados, no hacen más que condenar a los más deficientes a mantenerse en desigualdad y desventaja de oportunidades. Por esta razón es que asignar becas para financiar la educación superior es otra manera de dejar fuera a los desventajados. Por ejemplo, las becas ofrecidas para quienes quisieran estudiar pedagogía exigían 600 puntos base en la PSU; me pregunto a qué quintil pertenecen los alumnos que accedieron a este beneficio y de qué dependencia es el establecimiento en el que estudiaron. Si sometemos a nuestros estudiantes a financiar su educación por sus méritos académicos, pero medidos por pruebas estandarizadas y comparados con otros de realidades educativas y sociales diferentes es someterlos a un engaño, es decir, no es posible medir calidad en un sistema masivo de educación con tantas desigualdades, no es posible y además es injusto. Nuevamente nos condenamos al engaño de creer que el mérito todo lo puede y que quienes no aprovechan las oportunidades ofrecidas es por falta de esfuerzo, de esta manera se sostuvo la desigualdad que favoreció a una parte de la sociedad y terminó ahogando a quienes hoy sacan sus cacerolas, marchan y reclaman su derecho a recibir educación, pero educación de calidad y en igualdad de condiciones, así como lo establece nuestra Carta Fundamental.

* Profesora de Español
Estudiante Magíster Comunicación UACH

3 comentarios en «Columna EPD, por Carola Rojas Flores»

  • el 28 septiembre, 2011 a las 21:25
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    Comparto plenamente la columna de Carola Flores, es mas, orgullosa de conocerla y saber que fue docente en un prestigioso Liceo de la región. Felicitaciones Carolita y se que tu alejamiento de estas hermosas tierras van en beneficio tanto personal como de los muchos jóvenes que aún tienes que atender.

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  • el 1 octubre, 2011 a las 20:08
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    Una opinión objetiva y carente de apasionamientos. Excelente visión del panorama actual!!!!!!

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  • el 7 octubre, 2011 a las 16:01
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    Felicitaciones a la articulista. No necesariamente se comparte en su totalidad, pero se agradece la claridad y objetividad de los planteamientos contenidos en ella y lo que es más significativo, desprovistos de todo apasionamiento y contenido ideológico, evitando así que que se nublan tanto la vista como la razón.
    Espero que esta columna perdure y se mantenga en el tiempo y hago votos por ello.
    Claro que, la educación del país es un tema tan importante, trascendente y apasionante, que no puede ser tratado ni menos acabado en un solo artículo.

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