Osada aventura por los fiordos australes

Por Nicolás Siriany G.

   Este es el relato de un viaje, una aventura que comienza escribirse sin conocer su final. Somos 7 personas refugiadas a la altura de la latitud 51º sur, en una ínfima bahía, ubicada a las afueras del canal Pitt, en las islas magallánicas que moldea el Pacífico, donde las ráfagas son aviones que golpean nuestra embarcación.
   Mientras dormíamos un temporal deshizo nuestro fondeo, dejó un ancla que no termina de agarrase al suelo marino, provocando primero el crujido, y luego la rotura de los árboles de un islote, a los que el catamarán se aseguraba con cuerdas. Sólo centímetros nos separan de la rocosidad de la costa, arriesgando un naufragio. Por un instante, el ancla logra darnos un respiro, introduciendo sus puntas en un pequeño espacio que olvidó la dureza del fondo. Veo como el Capitán bebe pisco, a escondidas, en su habitación, sobrepasado por el nerviosismo, en momentos que la tripulación descansa con un ojo. El que faltaba por abrir, lo haría más tarde, entre gritos llevados por el temporal, con vientos que corrían a más de 100 kilómetros por hora.
   A inicios del mes de mayo salimos de Coyhaique para tomar la barcaza en Puerto Chacabuco, un gigante de lata construido en Ucrania que, desde hace años, se desliza por la inmensidad de los canales ayseninos, conectando a los habitantes del litoral para llegar hasta la isla de Chiloé o bien hasta la capital de Aysén. Puerto Aguirre, Gaviota, Toto, Gala, Raúl Marín Balmaceda, Melimoyu y Melinka son paradas obligadas para la Alejandrina, las que completa con elegancia y suavidad, acompañada por enormes ballenas azules que entregan su lomo a un dulce baño de sol. 
   Una vez en Quellón, Chiloé, y luego de conseguir un par de botas con Pepe, buzo mariscador, tomé el primer bus hasta el puerto de Chacao, ubicado en el extremo norte de la segunda isla más grande de Sudamérica, lugar del zarpe. Con 7 personas a bordo, el 4 de abril pasado, “El Caminante”, un catamarán de 14 metros de eslora, levó anclas con la intención de llegar en un periodo de 20 días hasta Puerto Williams, la histórica localidad chilena ubicada en el último confín del mundo. El trayecto: los maravillosos canales de Aysén y Magallanes, un juego marino, de bosques y locura que intentan surgir sobre las rocas.

La tripulación

   Si bien, cada uno de nosotros tuvo que poner algo de dinero para acceder a esta experiencia, cada tripulante tenía un rol definido, a modo de que esta expedición funcionara y llegáramos sanos y salvos a destino. Por mi parte, colaboré con una suma pequeña, a cambio: trabajar duramente en lo que requería la travesía.
   Cierta tensión corría entre la tripulación, 5 de nosotros no teníamos ninguna experiencia el mar, sin embargo, desde hace un tiempo que sentíamos su llamado. Continuamente conversábamos respecto a lo que esperábamos del viaje, sabíamos que habría momentos difíciles, cosa que nos lo hacía ver el Capitán, quien además era el propietario de la embarcación, y el Práctico, quien fue contratado por este último, debido a su experiencia en las aguas y en la ruta a recorrer. Por mi parte, intentaba extraer la mayor cantidad de conocimientos posibles, saberes que debía poner en práctica, ya que al ser uno de los más jóvenes del grupo debía estar presente en las labores y maniobras, es decir, hacerlas de marinero.          
    Comenzamos a navegar de noche por el mar interior de Chiloé mientras, una redonda luna naranja se deshacía en la mañana. Los vientos que provenían desde el sur por un lado anunciaban que el buen clima se sostendría, sin embargo, éste no nos dejaba desplegar velas.

Ruta por los Fiordos.

Redescubriendo los canales

    Así enfrentábamos nuestro primer escollo: el golfo de Corcovado. Si bien, no teníamos viento favorable para cruzar esta enorme masa de mar, que cuando lo desea asusta a los más osados, el buen tiempo anunciaba una navegación tranquila. Cruzamos el golfo con éxito para recalar en la isla de Melinka. En el trayecto perdimos el piloto automático, un sistema que lleva el rumbo de la embarcación desde su interior. Deberíamos hacerlo desde afuera, como lo hacían los antiguos navegantes, en latitudes donde incluso el mar se congela.
   En las inmediaciones de Melinka, un sonido de agua despertó en la tranquilidad de la tarde, una y otra vez con matices de entonación. En un salto de cerca de 3 metros de altura, un delfín austral, nos exhibía su belleza aérea tapando por un instante el sol, arte que repitió en diez ocasiones.  
   Extasiados por la demostración penetramos entre los islotes ayseninos hasta llegar al inmenso canal Moraleda, cuyo nombre honra al extraordinario navegante, historiador y cartógrafo español, José de Moraleda quien exploró e investigó los canales de Aysén y el archipiélago de Chiloé, a fines del siglo XVIII. El Moraleda es un corredor de embarcaciones que conectan a la Región de Aysén. Sus cerros, como enormes animales dormidos, atrapan las aguas, hogar de cormoranes, peces, lobos, delfines y pingüinos. Sólo algunas salmoneras, desdibujan su armonía de tupidas elevaciones, dotando de inusuales espumas a las aguas.
   En nuestro cuarto día de navegación recalamos en Puerto Aguirre, donde cargamos combustible. Sus calles, cubiertas de conchas me ubican en nubosas y desiertas playas de la Región de Los Lagos, extensiones rotas por un mar negro y bravío. La maniobra de anclaje nos dejó ciertas dudas respecto a la capacidad del Capitán, quien antes de arribar bebía vino en abundancia. En un comienzo lo interpretamos como algo habitual en un hombre de mar, hasta que de sopetón se hizo cargo de una maniobra que era conducida por el Práctico.
   Perturbado en sus sentidos, el Capitán pensó que nos encontrábamos demasiado cerca de la costa por lo que en una acción que podría haber cobrado la mano de quienes la manipulábamos el ancla manualmente: la soltó precipitadamente y en forma electrónica desde el interior de la embarcación. Esto causó una fuerte discusión entre el Práctico y el Capitán que dejamos pasar…  
   Esa mañana, el barómetro bajó considerablemente y el viento comenzaba a soplar desde el norte. Por fin podríamos emplear las velas. Tuvimos que esperar un día negro y gris para percibir la redondez y el juego constante del velamen. Poco a poco, fui entendiendo el comportamiento del viento, cuyas rachas se distinguen cuando las aguas se oscurecen y se arrugan.
   Entre cargueros y bosque jamás tocados por el hombre, entramos al canal Errázuriz para dirigirnos hasta nuestra próxima parada, la denominada isla Friendship o Amistad, cerca de la Isla Salas. Realizamos un fondeo perfecto entre la lluvia que limpiaba a tepúes y canelos, y en el agua el contorno reflejo del musgo y las piedras. Llegamos hasta aquí por un amigo del Capitán, quien le entregó las coordenadas señalándole que en Frienship se realizaban contactos y avistamientos de naves extraterrestres. Tal vez las coordenadas no fueron del todo precisas ya que no vimos nada, sólo estrellas.
   Como todos los días, el Capitán -mientras bebía- nos ordenaba a limpiar la cubierta, la que no tenía rasgos de suciedad alguna. Es singular como el mar simplifica y acelera el proceso de conocer a un ser humano. Si bien, el Práctico mostraba su irritabilidad en muchas ocasiones, era realmente un hombre realmente experto y letrado en el ámbito de la navegación. El Capitán en tanto fanfarroneaba y daba instrucciones de carácter domésticas, incluso cuando éstas no eran necesarias, lo que molestó a gran parte de los tripulantes.      
   Continuamos culebreando por un sin número de canales de Aysén, la mayoría con nombres de conquistadores o expedicionarios extranjeros. El encierro de las islas culminó de pronto, cuando el mar después 4 días, se abría en la majestuosidad de Bahía Ana Pink, donde la potencia del Pacífico, 2 metros más alto y más fuerte que cualquier océano del mundo, remecía con estruendo la roca, sonido que ascendía demorando el vuelo de albatros y petreles. Afuera era una fiesta. Gigantescas masas de agua como islas en movimiento, arrolladores arco iris dobles desaparecían el cielo, mientras el verde flúor de la Península de Taitao era el fondo perfecto para el rodeo de 5 ballenas. Llenos de aire disfrutamos de esta danza universal mientras nos preparábamos para lo que vendría.

El gigante, el Golfo de Penas

   El apelativo “Penas” no se debe como algunos piensan, a la cantidad de lamentos y llantos acumulados durante la historia, luego de sentir el poder del enigmático golfo que ha cobrado bastantes vidas. Su nombre, según moderno derrotero italiano, deriva de una deformación de peñas o cumbres. En nuestro décimo día de viaje, oscureció y estuvimos indecisos de realizar 12 horas de uno de los cruces más respetados del mundo.
   Una vez adentro, aprovechando una ventana de buen tiempo y vientos que nos permiten avanzar con presteza, navegamos por las entonces aguas grises del Golfo de Penas. Algunos tripulantes comenzaron a sentir algunos mareos, mientas que en cada golpe de las olas El Caminante pareciera partirse en 2. 
   Es mi turno de tomar el timón durante la noche, y una vez que está en mis manos la lluvia envuelta en un viento poderoso me reciben. Es un momento de intensa felicidad cuando siento el movimiento de la embarcación absolutamente entregado a los relieves del mar. A babor, el mítico faro Raper, esperanza de pequeños pesqueros que según nos cuentan por radio busca reinetas a más de 100 metros de profundidad. Hacia el frente la oscuridad más absoluta y placentera que me ha tocado ver, fijando el rumbo a rato en estrellas que aparecen y desaparecen.      
   El sol, nunca salió o quizás nunca lo vimos salir. La gruesa capa de nubes había cubierto un cielo que nos anunciaba temporal. Comenzó a correr el viento y con éste nuestra embarcación. A ratos superábamos los 10 nudos de velocidad, los que sólo eran interrumpidos por la inmensidad del oleaje. El clima empeoraba y ya estábamos cerca del lugar, donde en 1741 naufragara la fragata HMS Wager, cuyos sobrevivientes fueron partícipes de una de las experiencias con los indios kwésqar más profundas y controvertidas de nuestra historia.

   Las olas continuaban creciendo, quitándonos el horizonte por momentos. En uno de estos ascensos y pese a la cortina de lluvia, ya divisábamos el faro San Pedro, estación final del Golfo. El farero, quien conocía de la muerte más que cualquiera de nosotros, preguntaba por radio si nos encontrábamos bien, cuando al fin entramos en aguas de la isla Byron, apodo recibido por el guardiamarina sobreviviente de la Wager, John Byron, abuelo del reconocido poeta Lord Byron.
   Elegimos una de sus bahías para recalar, la que pese a estar cubierta de todos los vientos, sentía el rigor del temporal. La maniobra de anclaje se inició de manera rápida con una certera puesta en el fondo marina del ancla de proa. No fue lo mismo con en ancla de popa. Sin instrucción de quien estaba a cargo de la maniobra el Capitán, evidentemente, borracho y nervioso, intentó llevar por su cuenta el ancla hasta un lugar cómodo para arrojarla al mar. Su estado no le permitió realizarlo con precisión y en el intertanto golpeó en la frente a uno de los marineros con la metálica estructura. De no ser por un movimiento de pies certero de éste, hubiese caído a las australes aguas.     
   En 10 días habíamos llegado a la mitad de nuestro viaje, aún con el tramo más duro por recorrer y luego de una profunda discusión con la tripulación, en ese momento el Capitán decía entender sus equivocaciones, palabras que la naturaleza se encargaría de deshacer. Para mis adentros pensaba estar en un lugar con el que había soñado gran parte de mi vida, un instante que superaba mis expectativas, mirando al océano llenarse de sus fuerzas a punta de aguaceros y ventiscas.

(CONTINUARÁ)…

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