Un descenso consciente por el río Baker

Bajo las aguas del Baker

Mucho se habla en la región de Aysén de uno de sus principales patrimonios, riquezas y bellezas naturales: el caudaloso río Baker. En diversos lugares de la zona podemos ver su nombre en un cartel, restaurante o local comercial. En estos momentos el río se encuentra en los ojos y en la boca de varios debido a su diversidad de potenciales entre el que se cuenta el hidroeléctrico. Sin embargo, ¿cuántos de aquellos que hablan sobre este cauce han tenido la oportunidad de recorrer sus aguas, de navegar en sus sonidos?

Por Nicolás Siriany
Colaboración Periodística

   Desde los inicios del poblamiento en la zona sur de la región, durante la primera mitad del siglo pasado en adelante, el Baker no sólo fue parte del sustento y cotidiano de una gran cantidad de familias que poblaron y que aún habitan sus húmedas riberas, sino que se constituyó en el medio de conexión con el resto del mundo, propiciando de paso la existencia de uno de los lugares más emblemáticos y particulares de nuestro país como Caleta Tortel.

   Salvo los pobladores, no existen muchas personas que conocen bien esta vena color turquesa. Uno de ellos es Brian Reid, científico estadounidense que trabaja el Centro de Investigación en Ecosistemas de la Patagonia, CIEP. Él, junto a su perra sunny (soleado inglés), desde hace 2 años, desciende las aguas del Baker hasta Tortel, para estudiar sus componentes, llevando además un catastro de las aves que habitan sus alrededores. Con mucha fortuna tuve la suerte de acompañarlo en su travesía, la número 11 que realiza.

   Hace unas semanas, nos embarcamos desde el sector de la balsa Baker, al norte de Cochrane, en una estructura sin suelo, conformada por 2 pontones inflables, cruzados por un armazón de aluminio amarrado por cintas, con espacio para colocar las provisiones, artículos de camping e instrumentos para tomar muestras del río. Si bien desde la carretera austral o acercándose hasta su orilla se puede apreciar la majestuosidad del Baker, todo se ve distinto desde el río. Lo comparo a sumergirse bajo el agua, donde domina el silencio, y los ruidos se transforman en tonadas.

   Un resplandeciente sol de verano tardío, mientras nos adentrábamos en el Valle Grande, acompañó a más de 300 Canquenes que despegaron su vuelo al percatarse de nuestra presencia. Hacia el norte, la cumbre de un nevado, circundado por nubes que no permitían divisar el resto de su cuerpo, la que Brian describió como una isla en el cielo. Hacia el sur, los espacios dejaban ingresar los últimos rayos necesarios para la fría tarde, creando figuras luminosas en la superficie.

   A ratos la única interrupción de la quietud del Baker, es el contacto de los remos con el agua, una labor compartida. Brian tomaba sus primeras muestras para su investigación, llenando bidones con agua de los ríos tributarios del gran río para analizarlos y determinar así el aporte de sílice, desde el sistema hasta el mar. El sílice en un componente indispensable para la vida y productividad del mar, constituyéndose además en una suerte de regulador del fenómeno de la Marea Roja, por lo que el aporte del Baker es de gran importancia para sectores afectados por este cuadro, especialmente, en Caleta Tortel.       

Laberintos de ríos y bosques

   Luego de la primera jornada de trabajo acampamos en el sector Colonia Norte, a algunos metros del río del mismo nombre que veríamos la próxima mañana. Algunas estrellas y el barómetro nos anunciaban buenas condiciones climáticas para la siguiente jornada, “nunca hable del tiempo”, dicen algunos pobladores cuando estás en el Baker.

   Dicho y hecho. Muy temprano por la mañana y luego de desayunar nos preparábamos para la jornada de mayor trabajo. La niebla predominante era baja y densa sobre el agua y los bosques, abrazando gran parte del enorme delta del Colonia. Quien quiera ver una fotografía o película de terror puede hacerlo en este paisaje, al que se le suma el agua esmeralda del Baker entremezclándose con el café turbio del Colonia.

   Dejamos el delta, para continuar río abajo e introducirnos en el sector de las Islas, espacios de inmensa belleza donde el río se bifurca, crea laberintos y deja bosques llenos de vida en su interior. Yecos, caiquenes, canquenes, patos reales, patos Gergons, garzas, teros y especies desconocidas salen de sus lugares a mostrar sus colores, sonidos y por supuesto su estilo de vuelo.     

   Estábamos próximos a los rápidos González, el momento de mayor adrenalina en el Baker, cuando metros antes nos encontramos con un grupo de kayakistas que descendían el río. Comentamos que el caudal se presentaba especialmente alto, siendo muestra de aquello la velocidad de nuestro desplazamiento. Nos despedimos deseándoles suerte, con la intención de encontrarnos durante la noche en el campamento.

   El río silencioso se movilizaba como una enorme masa por la que lengas, coigües, ñires, canelos y mañíos parecían  resignados, obligándose a dejar que el gigante continúe su paso. Árboles muertos descansan sobre pequeños islotes luego de ser arrastrados por alguno de los vaciamientos del lago Cachet 2. La paz se interrumpió. Un murmullo de agua como sonido de alerta repicaba en los oídos: eran los rápidos González.

Cara a cara con  las aguas

   Una interesante sensación es la que se produce cuando sabes que algo se aproxima de forma irrevocable y sólo debes estar preparado a afrontarla. El rumor de los rápidos va en aumento hasta que estás en ellos. Nos succionaron velozmente sus corrientes y remolinos, dibujándose incomprensibles en el agua. Más allá de luchar contra esta fuerza, debe procurarse flotar bien en ella, para esto la balsa debía quedar de frente al oleaje y así no correr riesgo de volcar. 

 

   La perrita sunny, que estaba un poco inquieta pese a su experiencia en el río, me acompañaba en la parte delantera de la balsa, mientras que Brian estaba en la conducción. De pronto comenzamos a bajar: una ola de entre 1,5 a 2 metros de alto, bastante grande para un río, nos hizo entrar en su recogida para luego cubrirnos hundiendo toda la parte delantera de la embarcación, dejándonos más que empapados. Brian no podía respirar producto del impacto del agua en su cuerpo al intentar estabilizar la balsa con los remos. Entre respiros algo tartamudos me dijo: son las olas más altas que me ha tocado en el Baker.

   El agua volvía a la calma, y como premio aparecían cascadas y saltos. Muchos de ellos terminan en un pequeño estanque, él que a su vez da vida a otra caída de agua dando rienda a largas sucesiones de cascadas. Comenzaba la tarde de nuestro segundo día de viaje, cuando llegamos hasta la zona del Saltón, límite sur del sector los Ñadis. Debíamos rápidamente remar hasta la orilla para realizar el traslado de la balsa, ya que si continuamos navegando la corriente nos arrastraría hasta un salto de más de 4 metros de altura según el nivel del río.

   En este momento del recorrido la faena se tornó intensa, trasladamos víveres, equipaje, los instrumentos y, por supuesto, las partes de la balsa por un sendero barroso de algo más de un kilómetro de extensión, hasta llegar al otro lado del Saltón. Una vez realizada la labor y algo cansados, Brian continuó con el trabajo de sus muestras las que monitoreaba cada cierto tiempo, una labor que me conmovió por su constancia. Por mi parte tuve algunos minutos para ir hasta el antiguo paso de animales creado por Lucas Bridges, más conocido como “el Corte San Carlos”, desde donde se tiene una vista privilegiada del valle y por supuesto del Saltón.     

   El corte es una ruta trazada a través de un acantilado, una especie de cueva con vista al río de la que resulta inexplicable, él como estos hombres, a comienzos del siglo pasado  pudieron atravesar el granito para el paso de lana y animales desde el extremo sur de la región, en momentos que no existía la actual carretera austral. Unas barandas metálicas separan el estrecho tramo, de un precipicio de aproximadamente 40 metros hasta las aguas del Baker. Al frente el majestuoso Saltón, la gran caída de agua rodeada de bosque nativo, ambos envueltos por una enorme bóveda de piedra. Mientras un cóndor sobrevuela haciéndose parte del atardecer, pienso en como luciría este maravilloso espectáculo de construirse la central Baker 2, que se proyecta sobre este lugar y la de mayor embalse de la enorme iniciativa hidroeléctrica en la región.

   Ya de vuelta en el campamento nos reencontramos con los kayakistas, todos turistas chilenos, quienes vinieron a Aysén para disfrutar del río antes de que este muera, según nos dijeron. Al calor de un fuego y algún trago para soltar el ambiente, todos coincidimos en el disfrute que significa bajar el Baker.

    Muy temprano dejamos el Saltón para continuar con el trabajo científico, deteniéndonos un momento en el río Ventisqueros, tributario del Baker. El medidor de temperatura marcaba 3 grados centígrados en el agua y a cada hueso de nuestros pies, le dio por crujir.

   Remada tras remada, con un viento que por naturaleza viaja en contra de la corriente, desfilamos entre nevados majestuosos, entre árboles arrastrados por el cauce. La idea inicial era llegar hasta Caleta Tortel esa misma noche, gracias a la velocidad del río. Pero una pequeña entrada nos muestra una particular belleza que no podíamos desestimar: el canal Vargas.     

   La casa del bosque siempre verde, en su estrechez, entregaba cercanías mágicas al recorrer la selva sonora y su multiplicidad de colores. Muchos botecitos de madera se encuentran en las riberas del Baker y uno de ellos estaba a las afueras de un campo. Es el lugar de la señora Julia Sandoval, quien según nos comentó es una de las primeras pobladoras de Baker con residencia en el lugar, desde 1930 aproximadamente.

   De inmediato, y tal como oímos acerca de las personas que habitan la Patagonia, la señora Julia nos ofrece un mate además del calor de su estufa a leña, la que produce un enorme bienestar a nuestros pies que todavía resistían las secuelas del ventisquero. Junto a su hijo, nos habla de los antiguos, de las labores del campo, del ciprés, de remontar el Baker a remo, del trabajo en equipo, de su destreza con el hacha, pero por sobre todo se ríe constantemente, diciendo que terminará sus días en el Baker. Hasta almorzados nos dejó la ‘eñora, con quien nos comprometimos a cocinarle en un próximo descenso.

   Ya nos acercábamos hasta nuestra última parada, metros antes de Caleta Tortel y al paisaje no se le podían exigir mayores estándares de espectacularidad y belleza. ¿Es extraño ir hacia donde al parecer no deberías? Mientras más al sur, más viento, más frío y nubes teñidas de un gris pedregoso, tal vez no era el mejor augurio. Casi sin luz y con una linterna que vigilaba los palos que emergen súbitamente desde las aguas, llegamos a una pequeña playa a media hora de nuestro punto de término. Por la mañana todo sería tranquilo.

   Pero esa noche escuché a Brian hablar sobre lo impredecible y las dificultades que conlleva analizar un río como el Baker. Hoy en Chile, prácticamente no existen personas o instituciones que dediquen su tiempo al estudio de un río tan importante para el país. Brian, quien tiene la oportunidad de bajarlo mes a mes, cree que la multiplicidad de factores asociados a su comportamiento, convierten a este cauce en un objeto de estudio complejo y diverso, un enigma que recién comienza a descifrar. De inmediato recordé a la señora Julia quien decía que seguramente dejaría de vivir en el Baker y pensé en muchos otros que por diversos motivos han decidido dejar estas riberas.

2 comentarios en «Un descenso consciente por el río Baker»

  • el 26 mayo, 2010 a las 10:52
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    que bueno que los diversos intereses que existen sobre el Baker se den a conocer, al igual que los integrantes del viaje del reportaje nosotros recorremos el rio pero mostrando a los turistas sus bellezas escondidas pero por sobre todo haciendolos participes de la cultura patagona ya que nosotros somos parte de ella.
    que viva el Baker y el turismo de la region de Aysén.

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  • el 28 mayo, 2010 a las 17:28
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    Buen reportaje! tuve la oportunidad de realizar el viaje por el Baker y sin duda es una de las mejores experiencias vividas… además de tener una importancia natural y científica , este río tiene historia y cultura viva.
    A Cuidar el Baker, aprovecharlo turísticamente y de forma sustentable.

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